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En toda la historia de la humanidad, desde el origen mismo del hombre hasta la sociedad contemporánea, hay un elemento que de manera incesante existe aunado a cualquiera de sus actividades: la creatividad.
En el chocar de dos piedras para la producción del fuego, en una danza ritual, en la tecnología que se esconde tras un microchip, en un transplante de corazón, en la silla en la que ahora estás, en aquellas líneas de Pablo Neruda que dicen: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche...", en una fotografía de Manuel Alvarez Bravo, en el vuelo de un misil nuclear, en la Teoría de la Relatividad General de Einstein, y en todas las invenciones de la mente humana, el fundamento es la creatividad. Cuando el producto de este trabajo creativo se encuentra dirigido hacia la percepción del hombre a través de sus sentidos, y la sociedad encuentra en éste su reflejo de una manera parcial o total, le llamamos arte. Al igual que la sociedad ha evolucionado a través de los siglos en sus costumbres, en su organización, sus aspiraciones e incluso en sus contradicciones, también lo ha hecho la noción de lo que es un objeto de arte. Ejemplos del cambio en la idea de lo que es arte los encontramos a lo largo de toda la historia: para los antiguos griegos, obsesionados por encontrar los principios básicos que rigen el funcionamiento de la naturaleza y la sociedad, una obra artística era aquélla que reflejaba tales inquietudes. De aquí la importancia que adquirieron obras como las esculturas que expresaban la perfección del cuerpo humano como una maravillosa obra de la naturaleza, las escenificaciones teatrales que mostraban las distintas facetas del comportamiento social o las piezas literarias que daban cuenta de las hazañas épicas de esta sociedad, es decir narraciones en las que destaca la heroicidad de ciertos personajes. En cambio, durante la Edad Media, con el predominio del pensamiento y las ideas cristianas, la sociedad medieval se reconoció en aquellas obras de contenido profundamente religioso. Aunado a este cambio del concepto de arte en cuanto a producto social, los medios y técnicas que los artistas de las diversas épocas han utilizado también han ido cambiando. Esta evolución ha obedecido a diversas causas, una de ellas a la necesidad de imitar a la naturaleza. Para representarla con mayor fidelidad, se refinaron las técnicas de la pintura, y muchos grandes artistas, como Rembrandt, realizaron sus obras con pigmentos al óleo (aceite) que permiten un alto grado de detalle. En otras ocasiones, su desarrollo obedeció a la necesidad de que las obras perduraran a través del tiempo: tal fue el caso del "Temple", una técnica que utiliza yema de huevo para fijar los colores, gracias a la cual podemos ver hoy, en un estado aceptable, pinturas realizadas cientos de años atrás. Los muralistas mexicanos Diego Rivera y José Clemente Orozco emplearon técnicas como el "fresco", que consiste en pintar utilizando un punzón y aplicando cal fresca, la cual se entinta. Por su parte, David Alfaro Siqueiros intervino en el mejoramiento de las pinturas acrílicas, porque consideró que éstas le permitían manejar volúmenes y resistían mejor la exposición a los rayos del sol, la lluvia, el polvo, el frío, el calor, etcétera. Las técnicas del arte están influenciadas por los objetivos de expresión o comunicación del artista, pero también obedecen a los adelantos tecnológicos de cada época. Tal es el caso de la Prensa, que dio pie al desarrollo del grabado artístico desde el siglo XV, o de la Informática, que ha afectado los métodos de trabajo e influido en sus contenidos y temas, y en la que muchos artistas han encontrado nuevas formas de expresión. Los antecedentes de la relación entre el arte y las máquinas se remontan a las condiciones sociales, filosóficas y estéticas de un periodo del arte que arranca luego de la Revolución Industrial, en un periodo de constantes búsquedas artísticas que inicia con el modernismo. Hacia finales del siglo XIX, tanto en Europa como en América, la sociedad vivió un proceso de industrialización sin precedentes provocado por la Revolución Industrial, que se acompañó de un alud de descubrimientos científicos, conflictos laborales, transformaciones demográficas y movimientos de masas. Esta larga cadena de cambios vinieron a modificar la estructura social de aquel entonces, desencadenando una apertura sin precedentes en el horizonte de posibilidades de desarrollo de los individuos, liberándolos de formas de personalidad muy rígidas, de una moralidad que era extremadamente conservadora y de un ambiente que limitaba la imaginación. Junto a estos cambios aparecieron importantes y polémicas teorías, visiones e ideas que proporcionaron a hombres y mujeres nuevas formas de pensar, de juzgar sus vidas, de ver a su sociedad y de concebir lo que eran la justicia, la libertad y la felicidad, entre otros temas. A principios del siglo XX se inicia una serie de búsquedas de expresión. El propio modernismo fue una reacción contra la frialdad de las máquinas y las primeras construcciones metálicas de esa sociedad en camino de industrialización, ya que se basaba en las formas de la naturaleza, como las plantas y las flores. Posteriormente, se iniciaron nuevas corrientes artísticas que refrescaron el panorama en el cual el hombre del siglo XX habría de desenvolverse y desarrollar una personalidad propia. Ante los importantes hallazgos arqueológicos de civilizaciones antiguas que se realizaron es esta época (la china, la maya, la egipcia…), los artistas incorporaron una nueva visión que contenía elementos gráficos tomados de esas culturas, con lo que apareció el llamado art-decó. Bajo estos conceptos con figuras pesadas, búsqueda de la simetría y síntesis de las formas, se diseñaron alhajas, fachadas, muebles, ropa... A este movimiento le siguieron nuevas corrientes artísticas en las primeras décadas del siglo XX, como el dadaísmo, el surrealismo y el futurismo. Con estos movimientos se inició una colosal tarea dirigida hacia dos frentes: La primera de ellas era el acabar con las convenciones heredadas de las escuelas artísticas del siglo XIX, que eran más tradicionales y mesuradas (la regla era romper con las normas establecidas y utilizar nuevos conceptos y cualquiera de los medios a disposición en los campos de las artes); La segunda era el deseo de crear obras con un carácter más humano, como protesta ante una sociedad a la que muchos artistas concebían como enajenada y desgarrada por la explotación económica y la injusticia. En las artes visuales, dos de los ejemplos más radicales de este fenómeno de cambio los encontramos en el pintor francés Marcel Duchamp (1887-1968) y en el fotógrafo y pintor estadounidense Man Ray (1890-1976). En las obras de ambos artistas podemos observar con claridad la magnitud del cambio en la concepción del arte y la experimentación sin límites que tuvo lugar luego del modernismo: la utilización de materiales de procedencia absolutamente industrial que hasta ese momento eran ajenos a la práctica de las artes visuales, como la "Rueda de Bicicleta sobre el Banco", de Duchamp; la experimentación hecha sobre medios tradicionales como la fotografía, a partir de la cual Man Ray realizó sus "Rayografías y Solarizaciones"; y la exploración de las posibilidades plásticas de los nuevos inventos y desarrollos tecnológicos, como lo es el disco long-play de Duchamp.
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